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jueves, 22 de junio de 2017

LION



Autor: Saroo Brierley 

 

Saroo es un niño feliz en una familia pobre de la India rural. En un viaje con su hermano se despista y queda atrapado solo en un tren de pasajeros que lo lleva a Calcuta, a 1.500 km de su hogar. Demasiado pequeño para informar de su situación, vaga de un lugar a otro sorteando peligros hasta terminar en un orfanato. Una familia de Tasmania, los Brierley, lo adoptan y le proporcionan un ambiente seguro y amoroso donde crecer. Años después, Saroo se ve muy afectado por los recuerdos de su familia perdida y busca la manera de retomar el contacto. El sentimiento de culpa hace que oculte esta búsqueda a su familia adoptiva y su novia. Poco a poco irá descubriendo no sólo la respuesta a sus preguntas sino también el amor que ha sido tan afortunado de recibir de ambos mundos.

viernes, 9 de junio de 2017

EL AMIGO DEL DESIERTO


Autor: Pablo d’Ors 



…los tuareg dicen que Dios creó algunas tierras con agua para que los hombres pudieran saciarse, y que también creó tierras sin agua para que los hombres pudieran experimentar la sed. En la sabiduría tuareg se dice de igual modo que Dios creó el desierto para que los hombres pudieran encontrarse consigo mismos (p. 45).

Pavel, el protagonista de la novela, vive en Kromeriz, en la República Checa. Un buen día, hojeando la contraportada de un libro, se entera de la existencia de un hombre que ha dedicado su vida al conocimiento de los desiertos. Y allí mismo toma nota de la asociación que creó: “Amigos del desierto”. Puesto en contacto con ellos se dirige a El Hoggar, el sitio donde se reúnen, en la frontera entre Austria y la República Checa. A raíz de ese encuentro conoce a los quiméricos socios de ella y parte, al poco, en un viaje conjunto con la asociación al Sahara. La fascinación extrema por los desiertos le llevará a verse totalmente volcado por esos parajes y volver en otras ocasiones y, a consecuencia de ello, su vida da un vuelco inesperado.

La narrativa, sencilla y fresca, nos mete de lleno en la trama al poco de su comienzo. La falta de detalles superfluos hace de ella un fluir rápido de acontecimientos. Pero lo que más me ha calado en este relato es la profunda carga filosófica y existencial que contiene al llegar a la mitad de su extensión. Perfectamente dosificada de reflejos filosóficos clásicos-el hombre para reconocerse ha de enfrentarse a la nada, al vacío, no a la totalidad (p. 75)-, de detalles poéticos –El viento del desierto guarda una inmensa colección de huellas humanas (p. 83)-, de párrafos existencialistas –piensa que sólo eres libre cuando al partir puedas llevar contigo todo lo tuyo (p. 102)-, en fin, de una perfecta y bella prosa por doquier.

El amigo del desierto es una novela itinerante, pero un camino de conociemiento dentro de uno mismo. Una novela que navega en los mares de Siddharta de Hermann Hesse o de Los ojos del hermano eterno de S. Zweig. Una novela -porque es una novela en su estructura- que nos lleva a ralentizar su lectura según vamos acercándonos al final de ella, a pensar en todo aquello que no está escrito. Y, al finalizarla, a dejar el libro en la mesa y, cerrando los ojos, caminar hacia ese desierto que nos atrapa mucho más allá de las páginas.

De igual modo imagino que tú, quienquiera que seas, harás lo mismo; pronto terminarás de leer y. acto seguido, cerrarás este libro, abrirás una ventana y -estoy seguro- sentirás que hay algo nuevo en el aire.

lunes, 22 de mayo de 2017

LAS PRIMERAS FRESAS



CUENTO PARA RECONOCER LA DULZURA DEL AFECTO

(Original de los indios Cherokee, recogido y adaptado por Joseph Bruchac

Hace mucho tiempo, cuando el mundo era nuevo, el Creador hizo a un hombre y a una mujer. Los hizo a la vez, para que ninguno de los dos estuviera solo. Ellos se casaron y vivieron juntos y fueron felices durante mucho tiempo.

Luego, una tarde, el hombre volvió a casa de cazar y vio que la mujer aún no había empezado a preparar la comida. Estaba fuera recogiendo flores. El hombre se enfadó.
- ¡Tengo hambre! – dijo en tono irritado-. ¿Acaso esperas que coma flores?
La esposa entonces se enfadó también. Quería disfrutar de la belleza de aquellas flores con su marido. Para eso las había recogido.
- Tus palabras me ofenden- le dijo. No voy a seguir viviendo contigo.

La mujer se volvió hacia el Oeste y se encaminó hacia el sol. Su marido la siguió, pero ella caminaba demasiado deprisa. No podía alcanzarla. La llamó a voces, pero ella no le oyó. Él se apresuró cuanto pudo, pero su esposa era mucho más ligera.

El sol observó al marido seguir a su esposa. Y vio la tristeza del hombre y se apiadó de él.
- ¿Sigues enfadado con tu esposa? – preguntó el sol.
- No – contestó el hombre-. Fui un estúpido dejándome arrastrar por la cólera. Pero no puedo alcanzarla para decirle que lo siento.
- Entonces te ayudaré- dijo el sol.

El sol iluminó la Tierra con su luz delante de la mujer. Y allí donde la luz resplandecía, crecieron las frambuesas. Estaban maduras y parecían apetecibles, pero la mujer no se fijó en ellas y siguió caminando.

El sol volvió a intentarlo. Brilló y crecieron los arándanos.  Resplandecieron a la luz del sol, pero la mujer no se fijó en ellos. Siguió caminado hacia el Oeste, alejándose cada vez más de su marido.

El sol lo intentó entonces por tercera vez. Y allí donde sus rayos tocaron la Tierra, crecieron las moras. Eran oscuras y grandes, pero mucho más grande era la cólera de la mujer, que no se fijó en ellas.

Por fin, el sol se esforzó al máximo. Iluminó la hierba delante mismo de los pies de la mujer y aparecieron las fresas. Brillaban como fuego en la hierba y la mujer tuvo que pararse al verlas delante.

Se arrodilló, arrancó una y la mordió. Nunca había probado una cosa igual. Su dulzor le recordó lo felices que habían sido ella y su marido antes de reñir.
- Tengo que recoger algunos de estos frutos para mi marido-, se dijo, y se puso a recoger fresas.

Y todavía estaba recogiendo fresas cuando el hombre la alcanzó.
- Perdóname, perdona mis palabras ofensivas- le dijo el hombre.
Y ella le respondió compartiendo con el dulzor de las fresas. Y de esta forma vinieron al mundo las fresas.

Hoy día, cuando los cherokees comen fresas, recuerdan que tienen que ser siempre amables unos con otros; recuerdan que la amistad y el respeto son tan dulces como el sabor de las fresas rojas.

lunes, 15 de mayo de 2017

EL LIBRO DE GLORIA FUERTES


Autora: Gloria Fuertes
Redactor: Jorge Cascante

En el prólogo de esta antología, Jorge Cascante expresa algo que muchos podríamos suscribir: «Siempre que leo sus poemas me entran ganas de escribir, de hacer cosas, aunque los haya leído mil veces. Gloria es un faro encendido en una noche cerrada. Habla del amor, de la guerra, de la soledad, de la fiesta, del suicidio, de los monos y de las monas, del cemento, de una foca que te guiña un ojo. Defiende el amor libre, el pacifismo, el feminismo, el ecologismo, el surrealismo. Todo lo suyo es tan bonito". Se ve a un autor seducido por la escritora. Y esa misma seducción le permite hacer una selección muy personal y al tiempo muy amplia de textos e historia de Gloria. Gloria, mujer libre, creyente libre, espíritu libre en un contexto demasiado encorsetado, es un ejemplo para muchos, también hoy. Sus poemas nos han ayudado a menudo a poner palabra para sentimientos e imágenes que no sabíamos descubrir. Por eso merece tanto la pena adentrarse en estas páginas.
Si añadimos que, además de poemas, hay imágenes, dibujos, retazos de una biografía y vestigios de la mujer, el conjunto es un viaje por el universo de Gloria Fuertes. Un gran homenaje, bien merecido. 

Hago versos.
Hago versos, señores, hago versos,
pero no me gusta que me llamen poetisa,
me gusta el vino como a los albañiles
y tengo una asistenta que habla sola.
Este mundo resulta divertido,
pasan cosas, señores, que no expongo,
se dan casos, aunque nunca se dan casas
a los pobres que no pueden dar traspaso.
Sigue habiendo solteras con su perro,
sigue habiendo casados con querida,
a los déspotas duros nadie les dice nada,
y leemos que hay muertos y pasamos la hoja,
y nos pisan el cuello y nadie se levanta,
y nos odia la gente y decimos: ¡la vida!
Esto pasa señores y yo debo decirlo.